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Solo desde Abajo

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Sólo desde abajo, desde el mismo pozo del dolor, se adivinan las garras tras las manos. Manos cuidadas, finas, perfumadas.

Únicamente desde el mismo centro del sufrimiento aparecerán desnudas de artificio esas manos que esconden la garra entre el aroma.

Garras blancas y negras, amarillas o aceitunadas. Garras de hombres.

Porque vosotros, los que vivís abajo, no habéis caído en la celada de la raza y estáis convencidos -como ellos- que no es del pigmento de la piel humana de donde nace el crímen, sino de la misma esencia de la explotación del Hombre; de allí brota y allí determina al delincuente, al hombre carnicero, al lobo feroz para otros hombres.

Los que sufren las arremetidas de la fiera, sus zarpazos dolorosos, saben que, todos los días, cada mañana, aun antes del primer albor del alba, afilan sus uñas con cuidado, con suma delectación, con esquisito esmero.

Y a lo largo de la jornada, los del hoyo, los habitantes del fondo, los de abajo, intuyen las garras vivas, libres, en despachos confortables, para la ingente y descomunal tarea de saquear al mundo, a los pueblos del orbe, de sus vitales riquezas.

Garras vivas, libres, para la programación diaria en la que no cabe resquicio para piadosas conmiseraciones.

Garras para quitar el pan, las ilusiones; garras para derogar la paz, las alegrías; garras para firmar la guerra, los enconos.

Garras que ritman el compás de los fúnebres tambores de la guerra; que alimentan carnicerías de pueblos indomables, inferiores e indefensos.

Garras de políticos vendidos al mejor postor, de feroces militares vendepatrias, de banqueros voraces, de ejecutivos crueles.

Garras, garras del Capital sediento de beneficios, garras heladas para el que espera el pan, el jornal de la semana; garras, garras nerviosas del corredor de bolsa que arruina los precios de los productos del labrador; garras, garras del genio financiero, Madoz uiversal, sustrayendo los ahorros de miles de jubilados; garras para el ingeniero de ladronicios; para el diseminador de hambres y para el sembrador de parados.

Y garras, garras atrincheradas, bien escondidas en las manos perfumadas para defender la libertad, una libertad de comercio al por mayor con la divisa impresa en la cartera: "comprar barato y vender caro a los pueblos del mundo".

Garras de ordeno y mando, de gritos y aturdimientos; garras que cocean y tienden, que se elevan y desgarran.

Garras para aunarse contra los trabajadores del mundo, eso si, ondeando banderas de la libertad de apropiarse riquezas ajenas y, eso si, también dentro de un marco donde solo ellos sean libres.

Garras, como hemos dicho, para arrebañar riquezas a puro cañonazo, a bayonetazo limpio, a democratazo firmado con la uña en el gatillo; vease, por ejemplo, algunas muestras: Irak, Afganistán, Palestina...

Y garras, garras... por qué no.... de miserables, garras diminutas, pero puestas a imagen y semejanza de las otras, arañando el pellejo de otros pobres.
*
Y yo, ¿qué puedo hacer con estas manos negras o blancas, amarillas o aceitunadas?... Decidme, ¿qué batalla emprender con estas manos blancas o negras, aceitunadas o amarillas?...

Bernard Binlin Dadié decía que había que arrancar las máscaras a los falsos dioses.

Yo creo, que, tal vez, habría que dejarlos inermes con la faz a la intemperie armando a los trabajadores y a los pueblos con sueños y risas.

Pero, además, con estas manos negruzcas o blanquecinas, amarillentas o aceitunadas, manos endurecidas en la forja de felicidades, voy a colocar el viejo letrero revolucionario a la entrada del mundo: ¡Prohibida la caza y explotación del Hombre!

Una simbólica barricada por principio.

Y ya por último, hundiré estas manos variopintas en el Cielo y en la Tierra, en la claridad del día y en las tinieblas de la noche, en la fría humedad de los rocíos de las mañanas y en la suave y dulce sequedad de los crepúsculos; en fin, en todo lo que sueña y sufre.

Y así, de esta guisa, embadurnado y ebrio de dolores y sobre todo de anhelos, de esperanzas, de ilusiones, de proyectos... las sacaré al aire libre, manchadas y felices; manos de camaradas, de compañeros, de amigos... Manos que, empuñando un hacha implacable y redentora, las pondré, decidido, entre las líneas de un pentagrama puro para que destaquen y las vean desde el pozo, desde el mismo centro del sufrimiento, los de abajo.

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