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Charlotte Paquet: Mujeres alrededor del pozo (*)

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Charlotte Paquet: Mujeres alrededor del pozo
¡Ah, si la revolución cruzara por el pozo! Por el pozo, si, por el pozo. Es allí adonde van las mujeres de los poblados. Allí se congregan. En busca de agua, claro. De 10 a 20. Intercambian ideas. Y sobre todo se afligen entre ellas. Cada moza desde su más tierna infancia, aprende que ese será su fin irremediable. Por lo menos, una buena parte de su vida.
Esos pozos de siempre, hoyos de confraternización, de auténtica solidaridad, son, de alguna manera, el arbol de conferencias de las mujeres... Y muy frecuentemente donde sacan sus verdaderas preocupaciones: su salud, la de sus hijos, su respuesta  ante un nuevo proyecto para el pueblo... Empero se encuentran allí muy pocas animadoras locales (se limitan a ir menudo a reuniones oficiales donde pocas veces acuden las mujeres más pobres) Y menos aun responsables de hidráulica que podrían interrogarlas sobre la clase de mejoras que podrían aligerarle la tarea doméstica. Bastaría, por ejemplo, con una decena de poleas sujetadas a buena altura...
A la labor de acarrear agua se suma toda una serie de tareas que agregan al tiempo energía: corta y transporte de leña, molienda de granos, preparar la comida y laboreo en los campos durante el invierno; a veces trabajos hortelanos en la estación seca, sin olvidar las tareas del pequeño comercio, la limpieza de la choza... Todo lo cual parece tan cotidiano a las gentes del poblado que ni siquiera reparan en ello. Un joven jefe de cuadrilla burkinés a quien nosotros le hicimos observar la dureza de las tareas de las mujeres contestó:
-He visto siempre a mi madre y mis hermanas trabajar duro. No me preocupo por eso. Es normal.
En Boromo, en la carretera que lleva al mercado, vemos carretas de burros guiadas por hombres, llenas de sacos de grano; y bicicletas con el portaequipajes sobrecargados de bultos conducidas por hombres o mozos jóvenes. Y por la misma vía, decenas y decenas de mujeres descalzas cargando sobre sus cabezas de 20 a 30 kilos de tomates por ejemplo, que llevan a vender al mercado...
Hasta las propias mujeres entre ellas, oprimidas, como están, por todas sus obligaciones, terminan por decirse, tan acostumbradas a esta dura vida, que ese es su sino, una especie de fatalidad, la voluntad de Alá. Solo un regocijo: con la vejez hallará la tranquilidad. -En África, las mujeres más ancianas, cuya etapa de fecundidad se fue (siempre que haya resistido esa existencia durísima), disfrutan de una 'relativa libertad', y muy a menudo liberadas de del transporte de leña, agua o de la molienda que sus hijas, nueras o coesposas más jovenes asumen en adelante-.
-¡Ay! -me decía una amiga joven burkinesa- es solo en el momento en que ya casi no son mujers, sino seres agotados, cuando tienen derecho a un poco de reposo.
Perspectiva muy poco estimulante para las mozas del poblado. ¿Cuántas de ellas sueñas con acarrear una vida menos penosa? Su única alternativa: irse a la ciudad, luego, allí, solo desilusiones...
En otro orden de cosas, ¿qué piensan las campesinas de todas las actividades, marchas reivindicativas, participación en la carga y transporte para construir escuelas..., a las que son invitadas por los comites populares o los CDR?
-Nosotras estamos bien dispuestas a levantar el puño en las manifestaciones, pero al regresar a la casa no siempre hallamos medicinas para nuestros hijos... nuestros problemas subsisten.
En un pueblo no lejos de Dedugu, un grupo de mujeres estaba encargado de sacar y transportar el agua del pozo -sin poleas- hasta la cantera del trabajo donde los hombres amasaban la tierra para hacer adobes con que construir la escuela del pueblo. Por cada 2 cubos que llevaban a la cantera, ellas se guardaban uno para sus necesidades familiares. Admirable espectáculo de un hermoso trabajo colectivo: las risas y los gritos de animación se oían por doquier. Sin embargo, ¡ah sin embargo!, una vez terminado el acarreo, las mujeres continuaban extrayendo y transportando el agua de la misma manera.
Muy pocos niños del poblado irán a la escuela: esta reservada solo para los mozos. Las mozas, por su parte, aprenderán humildemente 'la hazaña' de sus madres... Esta hermosísimaa construcción colectiva de la escuela les deja un sabor amargo cuando entienden los cambios, las innovaciones, raramente en provecho de ellas. Las labradoras tiene  la impresión de que la revolución 'es para los otros': los hombres, las mujeres de la ciudad. 
-Ellas albergan el sentimiento - me decía una animadora cultural de Diebugu- de ser pisoteadas desde que nacen hasta que mueren.
Cuando repetimos esta frase en una conferencias debate realizada en la localidad cabeza de la provincia, un oyente (hombre, claro) enseguida se levantó:
-Nosotros no tenes conciencia de que pisoteemos a las mujeres... además, también podríamos preguntarnos si a ellas no les gusta que las pisoteemos...
Y no es tanto la multitud de tareas penosas como las herramientas y medios puestos a su disposición lo que hace de las campesinas verdaderas bestias de carga. La tarea diaria de asegurar el transporte de agua, recogida de leña y preparación de la comida es, por si misma, un trabajo muy cansado que sería fácil y poco costoso cambiar por una actividad soportable necesitada de mucho menos tiempo y energías. Para esto es imprescindible que las comunidades de los poblados y los servicios técnicos -hidrálica, equipamiento- se tomen la molestia de ocuparse de este problema de aligeramiento de las tareas femeninas. Será el prólogo necesario que permitirá a las labradoras, a las campesinas, participar, y plenamente, en las decisiones y las acciones de 'progreso' y combatir la desnutrición y mortalidad infantil; por consiguiente: contribuir a la supervivencia de su tierra. Si las comunidades y las administraciones se pusieran a la escucha de las campesinas, éstas no serían consideradas como una masa, como un grupo de seres inferiores sin rostro, sin alma y sin voz.
Una de las reuniones a las que asistimos en la capital abordaba los temas, los problemas, generales del desarrollo rural. Ninguna mujer había sido invitada a ella. Como si las cuestiones 'serias', las del desarrollo, no se discutiesen más que entre hombres. A las mujeres se les dejan los problemas denominados familiares y de 'bienestar social': educación alimentación y salud de los niños. Por mas que el uno influya muy grandemente en el otro, ningún engarce hay puesto entre estos dos tipos de problemas. Además, las mujeres, con todas sus tareas en los campos y su experiencia, tendrían muchas cosas que decir en asuntos agrícolas.
¡Ah, si la revolución cruzara por el pozo! Por el pozo, si, por el pozo. Es allí adonde van las mujeres de los poblados. Allí se congregan. En busca de agua, claro. De 10 a 20. Intercambian ideas. Y sobre todo se afligen entre ellas. Cada moza desde su más tierna infancia, aprende que ese será su fin irremediable. Por lo menos, una buena parte de su vida.
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Esos pozos de siempre, hoyos de confraternización, de auténtica solidaridad, son, de alguna manera, el árbol de conferencias de las mujeres... Y muy frecuentemente donde sacan sus verdaderas preocupaciones: su salud, la de sus hijos, su respuesta  ante un nuevo proyecto para el pueblo... Empero se encuentran allí muy pocas animadoras locales (se limitan a ir menudo a reuniones oficiales donde pocas veces acuden las mujeres más pobres) Y menos aun responsables de hidráulica que podrían interrogarlas sobre la clase de mejoras que podrían aligerarle la tarea doméstica. Bastaría, por ejemplo, con una decena de poleas sujetadas a buena altura...
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A la labor de acarrear agua se suma toda una serie de tareas que agregan al tiempo energía: corta y transporte de leña, molienda de granos, preparar la comida y laboreo en los campos durante el invierno; a veces trabajos hortelanos en la estación seca, sin olvidar las tareas del pequeño comercio, la limpieza de la choza... Todo lo cual parece tan cotidiano a las gentes del poblado que ni siquiera reparan en ello. Un joven jefe de cuadrilla burkinés a quien nosotros le hicimos observar la dureza de las tareas de las mujeres contestó:
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-He visto siempre a mi madre y mis hermanas trabajar duro. No me preocupo por eso. Es normal.
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En Boromo, en la carretera que lleva al mercado, vemos carretas de burros guiadas por hombres, llenas de sacos de grano; y bicicletas con el portaequipajes sobrecargados de bultos conducidas por hombres o mozos jóvenes. Y por la misma vía, decenas y decenas de mujeres descalzas cargando sobre sus cabezas de 20 a 30 kilos de tomates por ejemplo, que llevan a vender al mercado...
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Hasta las propias mujeres entre ellas, oprimidas, como están, por todas sus obligaciones, terminan por decirse, tan acostumbradas a esta dura vida, que ese es su sino, una especie de fatalidad, la voluntad de Alá. Solo un regocijo: con la vejez hallará la tranquilidad.
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-En África, las mujeres más ancianas, cuya etapa de fecundidad se fue (siempre que haya resistido esa existencia durísima), disfrutan de una 'relativa libertad', y muy a menudo liberadas del transporte de leña, agua o de la molienda que sus hijas, nueras o coesposas más jovenes asumen en adelante-.
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-¡Ay! -me decía una amiga joven burkinesa- es solo en el momento en que ya casi no son mujers, sino seres agotados, cuando tienen derecho a un poco de reposo.
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Perspectiva muy poco estimulante para las mozas del poblado. ¿Cuántas de ellas sueñas con acarrear una vida menos penosa? Su única alternativa: irse a la ciudad, luego, allí, solo desilusiones...
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En otro orden de cosas, ¿qué piensan las campesinas de todas las actividades, marchas reivindicativas, participación en la carga y transporte para construir escuelas..., a las que son invitadas por los comites populares o los CDR?
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-Nosotras estamos bien dispuestas a levantar el puño en las manifestaciones, pero al regresar a la casa no siempre hallamos medicinas para nuestros hijos... nuestros problemas subsisten.
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En un pueblo, no lejos de Dedugu, un grupo de mujeres estaba encargado de sacar y transportar el agua del pozo -sin poleas- hasta la cantera del trabajo donde los hombres amasaban la tierra para hacer adobes con que construir la escuela del pueblo. Por cada 2 cubos que llevaban a la cantera, ellas se guardaban uno para sus necesidades familiares. Admirable espectáculo de un hermoso trabajo colectivo: las risas y los gritos de animación se oían por doquier. Sin embargo, ¡ah sin embargo!, una vez terminado el acarreo, las mujeres continuaban extrayendo y transportando el agua de la misma manera.
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Muy pocos niños del poblado irán a la escuela: esta reservada solo para los mozos. Las mozas, por su parte, aprenderán humildemente 'la hazaña' de sus madres... Esta hermosísima construcción colectiva de la escuela les deja un sabor amargo cuando entienden los cambios, las innovaciones, raramente en provecho de ellas. Las labradoras tiene  la impresión de que la revolución 'es para los otros': los hombres, las mujeres de la ciudad. 
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-Ellas albergan el sentimiento - me decía una animadora cultural de Diebugu- de ser pisoteadas desde que nacen hasta que mueren.
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Cuando repetimos esta frase en una conferencias debate realizada en la localidad cabeza de la provincia, un oyente (hombre, claro) enseguida se levantó:
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-Nosotros no tenemos conciencia de que pisoteemos a las mujeres... además, también podríamos preguntarnos si a ellas no les gusta que las pisoteemos...
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Y no es tanto la multitud de tareas penosas como las herramientas y medios puestos a su disposición lo que hace de las campesinas verdaderas bestias de carga. La tarea diaria de asegurar el transporte de agua, recogida de leña y preparación de la comida es, por si misma, un trabajo muy cansado que sería fácil y poco costoso cambiar por una actividad soportable necesitada de mucho menos tiempo y energías. Para esto es imprescindible que las comunidades de los poblados y los servicios técnicos -hidrálica, equipamiento- se tomen la molestia de ocuparse de este problema de aligeramiento de las tareas femeninas. Será el prólogo necesario que permitirá a las labradoras, a las campesinas, participar, y plenamente, en las decisiones y las acciones de 'progreso' y combatir la desnutrición y mortalidad infantil; por consiguiente: contribuir a la supervivencia de su tierra. Si las comunidades y las administraciones se pusieran a la escucha de las campesinas, éstas no serían consideradas como una masa, como un grupo de seres inferiores sin rostro, sin alma y sin voz.
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Una de las reuniones a las que asistimos en la capital abordaba los temas, los problemas generales del desarrollo rural. Ninguna mujer había sido invitada a ella. Como si las cuestiones 'serias', las del desarrollo, no se discutiesen más que entre hombres. A las mujeres se les dejan los problemas denominados familiares y de 'bienestar social': educación alimentación y salud de los niños. Por mas que el uno influya muy grandemente en el otro, ningún engarce hay puesto entre estos dos tipos de problemas. Además, las mujeres, con todas sus tareas en los campos y su experiencia, tendrían muchas cosas que decir en asuntos agrícolas.
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(*) Título nuestro. 
Traducción libre. El texto aparece en el libro 'Pour L'Afrique J'accuse' de René Dumont en colaboración con Charlotte Paquet.
Hay traducción del libro al español editada por Ediciones Jucar, 1989, con el título de 'En favor de Africa, yo acuso'.

 

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