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Este hedor en vaharada

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En los exilios, continuamente, casi con obsesión, se ven valientes, por las arenas de la patria, caminando en tardes luminosas... de antaño, cuando un alba irradiaba, clara como el diamante, generosa y revolucionaria luz, hacia los cuatro puntos cardinales del planeta...

Y como aquello si que fue perfume generoso, se preguntan a menudo: ¿qué nos ha pasado? Quizás pesó demasiado el polvo del camino, andadura de tantos años de ausencia, sin recoger los frutos. O, tal vez, ese polvo, fantaseó con ellos, transformándose en una fina cortina de lluvia creadora.

Luego, el dolor ardiente de los ojos, les mostró el aire polvoriento cubierto de canallas. Y huyeron cobardes, ya sólo rosados, levantando el vuelo, cuando despunta un alba oscura y sucia como el carbón. Y como lo que hay hoy no es otra cosa que temor, siguen obsesionados preguntando: ¿qué nos ha pasado?

Pregunta que debieron hacerse antes, mucho antes, cuando dejaron abandonado, allá, en el fondo del espejo, al otro. A aquel que se quedaba, antaño, sólo ante el peligro, a resistir un alba, helada, por donde quiera que se le tocase.

Y esta cobardía, este hedor en vaharada, se ha venido oliendo varias veces en la vida: es el olor de la derrota. Pero cubren o tapan su muladar hediondo, soñándose en el camino de una tarde luminosa de su primera primavera.

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