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Frans Eemil Sillampää: Un corte limpio en la yugular -y 10- (*)

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10º. Y las cosas se torcieron

Silja había oído asustada esta conversación. Habían apenas andado trescientos metros. La muchacha cogió las riendas y detuvo al caballo, diciendo que necesitaba con urgencia decir algo al capitán. Corrió hasta el cuartel, encontró a éste y le habló muy excitada:

-No quiero acompañar a los soldados a donde se encuentra Teliniemi si usted no viene y si no me jura que no le matarán antes de que se haya hecho una investigación y se compruebe lo que he dicho.

El oficial sonrió y miró las mejillas encendidas y los ojos brillantes de Silja. La verdad es que no se le podía acusar de nada. Teliniemi estaba casado y tampoco podía tratarse de amor entre él y la muchacha.

-Ya que es tan importante para ti, quiero hacer algo. Espera un poco, voy a ver como se arregla eso.

Por primera vez se dio cuenta de que tuteaba a Silja; al pensar en ello sonrió:

-Es una señal de lo Alto y continuaré tuteándola mientras estemos juntos -se dijo.

Mientras iban al encuentro del trineo, Silja se detuvo y preguntó al capitán, bajando la cabeza, si sabía que se había hecho de Armas.

-Todo lo que sé es que marcha en estos momentos hacia Vipuri... si es que está vivo... ¿Cómo le conoces?

Silja vaciló un instante.

-Pasó el verano aquí -dijo, sin atreverse a mirar al ofcicial.

Aquella fue sin duda la jornada más accidentada de la vida de Silja.

El capitán despidió a uno de los soldados y ocupó su lugar en el trineo. Ya no se hablaba de limpiar sumariamente los bosques. El capitán dirigía de cuando en cuando una mirada de simpatía a Silja y ésta le respondía confiadamente. Kierikka y el soldado parecían no existir.

El trineo llegó cerca del escondite conocido únicamente por Silja, que temblaba de emoción y cuya mirada buscó la del capitán. Su imaginación veía ya una venturosa velada en la pobre choza... El niño enfermo sanaría, seguramente.

- '¿Me lo promete?' -preguntó una vez más.

Pararecía embriagada. Kierikka la miraba con desconfianza y sorpresa.

-Claro que si -respondió alegremente el capitán.

Al cabo de un momento, Silja dijo:

-¡Alto.

El caballo se detuvo y Silja saltó del trrineo e hizo seña al capitán, poniéndose un dedo sobre los labios. Después se deslizó en el henil y llamó quedamente:

-Teliniemi... Oiga... Soy Silja. Salga. No tema nada.

La paja se movió, se vio salir una mano, luego una bota y después un cuerpo. Teliniemi, cuyos ojos parpadearon a plena luz, vio muy pronto un oficial y un soldado con aire de enfadado y llevando ambos unos brazaletes blancos; vio así mismo a Kierikka y por fin a Silja. Durante unos segundos permaneció inmóvil; mas de repente, antes que nadie pudiese intervenir, desenvainó su puñal, lo agitó en el aire y mirando a Silja dijo con profundo desprecio:

-¿Eras, pues, una espía de los 'carniceros'? ¡Qué vergüenza!

Y, de un solo golpe, se cortó la garganta.

-¡No, por amor de Dios! -gritó Silja.

El capitán se precipitó hacia el suicida, pero ya era tarde. La sangre brotaba de la herida, cada vez con menor fuerza, sobre la paja.

-No tenía la conciencia tranquila -aseguró el capitán al mirar los últimos estertores del cuerpo.

*

(Tomado de la novela de Frans Eemil Sillampää, 'Silja')

(*) El título se lo hemos puesto nosotros

(10) La división en capítulos también es nuestra

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