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Frans Eemil Sillampää: Un corte limpio en la yugular -5- (*)

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5º. Dejando un rastro de sangre

Los trineos pasaron por delante de la cárcel; en la parte de atrás existía un bosquecillo, donde se fusilaba a los condenados por la noche y aun en pleno día. Más allá vieron a un campesino que iba con una carreta de ramas de abeto. Como el sendero se encontraba en pleno deshielo, los trineos no pudieron adelantarle. No llevaba unicamente ramas de abeto: el carro iba dejando un rastro de sangre. Al percibirla, Silja se dio cuenta de todo, pues había visto salir el carro del bosquecillo detrás de la cárcel. Se negó, no obstante, a aceptar en su conciencia lo que veían sus ojos. Por entre las ramas creyó percibir un vestido de mujer... El carretero era un pobre arrendatario llamado Taavetti, trabajador y sobrio a quien querían todos los propietarios porque no se metía en política.

Silja no pudo continuar por más tiempo en su estado de semiinconsciencia. Santala, que había bajado del trineo y marchaba al lado del carretero, explicaba en voz alta el contenido de la carga, según lo que le había contado Taavetti.

-¡Ven a ver a tu antigua amiga, Silja! La Rinne se halla camino del eden. Y este, ¿quién es Taavetti?

-Kivilahde -respondió este.

-¡Toma! Ese zorro ya no volverá a robarme mis bueyes.

Kierikka se sintió mal pero guardó silencio, limitándose a toser un poco. Los soldados parecían también incomodados y pegaban a los caballos.

En casa del comandante había mucha gente haciendo cola en el vestíbulo. Las caras reflejaban inquietud y cada uno juzgaba su caso muy importante y urgente. Los asuntos que les llevaban allí eran de lo más variado: un propietario acudía para defender a su aparcero; una mujer preguntaba si se había encontrado un bulto de ropa que los rojos le habían quitado... Junto a la puerta había un soldado con su fusil y una granada colgando de un cinturón; había combatido con los blancos y regresaba satisfecho a su casa. Sus conocidos le hablaban con una respetuosa admiración.

Kierikka entró con su sirvienta y Santala, y se sintió molesto y no pudo contenerse cuando un vecino le preguntó a qué iba allí.

-No sé nada; se trata de un lío de este maldito Santala.

*

Tomado de la novela de Frans Eemil Sillampää, 'Silja')

(*) El título se lo hemos puesto nosotros

(5) La división en capítulos también es nuestra

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