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Hojas arrugadas del otoño

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¡Espíritu que arremolinas las hojas arrugadas del otoño, fugaces
resplandor en el ala del crepúsculo, que el castigo por el error me
perdones!: Pues antaño yo fui el hombre de la danza inocente y
rebelde y ahora tan sólo me sustento en la oscura melancolía del
futuro...

Y, ¿no estaré quizás –yo me pregunto- cerrando y sellando, para
siempre, el pórtico de mi propia bancarrota?... Pronto llegará la
hora de emprender el último viaje; aunque no iré sólo, no, sino
rodeado y perseguido por un aciago, vivo y voraz, vuelo de
mosquitos.

Detrás quedará, perpetuamente, lluvia de escorpiones miserables,
atado manojo pocho de sarmientos por lianas más venenosas que las
víboras, el paisaje ya casi de ultramar de mis ayeres, a ratos
falsamente luminosos, en el rescoldo rajado y ceniciento de mis
párpados

Y cuando llegue el encuentro irremediable no me conocerán ni mis
propios progenitores cargado como voy con esta variopinta
propiedad: Una sucia, gastada y rota estera de dormir y, como ya he
mentado, un enjambre hambriento, alegre, vivo y feroz, de moscas
cojoneras.

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