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Homo homini lupus, la Revolución ha fracasado... por ahora

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Decía León Felipe:

“Oíd, amigos, la revolución ha fracasado.

Subid las campanas de nuevo al campanario,

Devolvedle la sotana al cura y al capataz el látigo,

Clavad esas bisagras y quitadle el orín a los candados…

Que venga el cristalero y que componga los cristales rotos de los balcones del Palacio…

Arreglad las trampas y los cepos y comprad alambre para los vallados…

Sacad de vuestros cofres los anillos ducales, las libreas y los viejos contratos…

Coronad otra vez con hojas de laurel purpurinado

Y regaladle al Presidente una medallita y un escapulario.

¡Viva Cristo Rey! ¡La Revolución ha fracasado."

 Fue Hobbes aquel que dijo homo homini lupus, el hombre es lobo para el hombre. Estudiada la sociedad se vio que, efectivamente, estaba estructurada de tal manera que reinaba por doquier la explotación de unos hombres por otros. Es decir, el aserto del filósofo inglés se socializó. Eran teorías sobre la realidad objetiva del mundo exterior al pensante o filósofo. Y en la vida del que esto escribe, un servidor de ustedes, fue captando casos en los que venía a corroborarse la frase latina. Por ejemplo: estudiando magisterio los compañeros de estudios, muchos de ellos hijos de campesinos, hablaban de un tal Cacho, una especie de ricachón, controlador o cacique del mercado del cerdo, denunciando en las conversaciones que este señor bajaba o subía a su capricho el precio de los guarros con lo que arruinaba constantemente a sus padres con el fin de enriquecerse aun más él. Era el lobo acechando desde su poderío.

Y no solo esto que mostraban sus compañeros porque lo sufrían en sus propias carnes, sino que se observaba por todas partes el que unos, la mayoría, trabajaba para enriquecer a otros, los menos. Es decir, la teoría de la explotación del hombre por el hombre se confirmaba en la práctica diaria.

En aquel entonces, de nuestra primera juventud,  eso parecía ser así. Luego se convirtió en ciencia.

Y ahora, con la crisis, la constatación de aquello que de jóvenes gobernaba el mundo, se nos marca en crónicas diarias con imágenes y fotografía de los cachos más actuales con su ostentación de lujos y remuneraciones al mes de  6.000, 12.000, 24.000. 72.000 euros… y de los trabajadores arruinados por ellos: muchedumbres de hambrientos, colas interminables de parados antes las oficinas de empleo; o bien con salarios de 1.000 euros al mes, más o menos; para ir tirando a trompicones la llamada clase obrera.

De modo que queda meridianamente claro la división de la sociedad entre explotadores y explotados, dominadores y dominados, poseedores y desposeidos.

Siendo así, y, estando en plena crisis, en cualquier momento se dará una explosión social de rebeldía y la clase obrera, tomando el poder, asirá las riendas con decisión barriendo la sociedad de explotadores y explotados.

Eso… en teoría. ¿Y en la práctica? ¿Y en la realidad?...

Veamos: decía Goethe, en su famosísimo ‘Fausto’, que la teoría es gris y el árbol de la vida es verde y mucho más rica.

En principio, ¿qué es la clase obrera?... ¿hay conciencia de clase obrera?... Si no la hay, y no parece que la haya, los que trabajan bajo esa condición no actuarán como clase sino como individuos dispersos. Aunque las condiciones objetivas, es cierto, los reúnen como un rebaño. Quieran o no. El problema está en que no hay un solo rebaño sino varios, a veces enfrentados. Pues no hay una conciencia que los agrupe, los congregue, los aúna. Y volvemos a lo de antes: hay explotadores y explotados y hay clase obrera que es la más explotada. Eso es cierto.

Mas dentro de esos explotados hay funcionarios que tiene su trabajo fijo. También hay campesinos y comerciantes con sus pequeñas propiedades. Pequeñas pero propiedades. Y dentro de la clase obrera, seguimos la definición de Goethe, está los que ganan más de 1.000 euros y los que reciben menos de esa cantidad; los de contrato indefinido y los temporales; de entre los que gana menos de 1.000 euros hay numerosos a los que les ayuda la familia para llegar a fin de mes y hay otro numeroso que se las tienen que arreglar por si mismos; y aun muchas divisiones más, porque la vida es verde y dentro del verde una gran variedad.

Luego, la clase obrera se subdivide en otro rebaño: los que han engrosado el ejército de parados; de los parados, los hay que tienen subsidio de desempleo y los que no lo tienen; eso marca la diferencia; los que no lo tienen no forman un cuerpo homogéneo pues hay quienes les ayudan en sus familias y los que no reciben apoyo de nadie; incluso dentro de los parados hay un sector que tiene estudios y son más aceptados para currar en las entrevistas que el grupo que no lo tiene.

Prosigamos: de los parados hay una parte que además de recibir el dinero del paro, que no es mucho, se emplean aquí y allá en trabajos esporádicos, semiclandestinos, para vivir con una cierta decencia y otros se mantienen estrictamente  con los legales y exiguos óbolos.

En fin, los hay parados casados con uno de la pareja trabajando y el otro no. Los hay que, estando casados, ambos están en el paro. Algunos no tienen con qué vivir porque se les ha acabado el seguro de paro y viven angustiados con el peligro de verse, además, en la calle, expulsados de la vivienda al no poder pagar la hipoteca.

Más diferencias: si nos fijamos en los que trabajan, dentro de los ganan más de 1.000 euros por mensualidad, hay una escala de oficiales, suboficiales, encargados, listeros, capataces, oficinistas… Aquello de Goethe era cierto: verde y mucha gama de verdes.

¿Qué materia será la que aglutine, congregue, aúna… esa variopinta verdura? La lucha. Si. Pero, ¿dónde está el material partidario valiente, aun a riesgo de dar la vida en el intento, proletario, incorruptible, que forme a ese ejército de rebaños, sin conciencia de su origen y de su fuerza?

No lo hay. De momento. Y las religiones en auge, de momento, lo hacen aun más difícil de encontrar.

Todo lo dicho con anterioridad no es pesimismo, es realidad. Lo único claro es que ese partido que concite, convoque, que amase, toda esta disgregación será revolucionario, marxista, leninista, con todas las modernidades de principios de siglo XXI. O no habrá reunión de rebaños. Eso está claro. Y otra claridad en nuestro cerebro, ahora más brillante, es la de Hobbes: homo homini lupus el hombre es lobo para el hombre.

Constatada la dificultad terminemos con León Felipe:

“Vendrán poetas de pólvora y barreno, con la mecha en la mano

Y harán saltar la roca donde aun sigue Prometeo encadenado”.

La Revolución ha fracasado… por ahora.

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