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Iswe Letu: En las Navas, la Calle de la Barbuda

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Las calles tienen rostro, cara, faz... A veces jeta cejijunta. Muy diversas. Y nombres.

Los hombres, las personas, los individuos, de forma similar, también se diferencian por las formas de su cara; que unas veces son luminosas, risueñas... otras serias, y hasta siniestras. Hay numerísimas. Casi tantas como humanos han sido paridos por sus madres. Tienen sus nombres. Se nos hacen familiares a lo largo de la vida. Convivimos con ellos. Destacan, o los hacemos destacar, por algunas características. Resaltan, o resaltamos, por su valentía, por ejemplo; o por su mezquindad; o por su cobardía; o por su chulería... Los hay que llegan a ser líderes de la comunidad y se comportan como tal dando el callo, arrimando el hombro, en cualquier ocasión que se presente; escuchando, pensando y decidiendo sobre asuntos que traen el bien de las gentes. Se ganan, día a día, el cariño de sus conciudadanos. También los hay que solo son pura fachada y que luego de encumbrados se vuelven prepotentes. Y más. A esos los detestamos.

Pero hay otras personas, individuos, seres humanos, que en su apariencia no sobresalen, no destacan; pasan a nuestro lado y no nos damos cuenta de su andadura; son como esos animales que se hacen tan parecidos al entorno que pasan desapercibidos. Andan entre la colectividad sin ser notados. Pero la experiencia nos enseña que las apariencias engañan. Si por un casual nos acercamos a ellos, conversamos, los tratamos, descubrimos un verdadero tesoro, una gran riqueza interior pues saben escuchar, son amables, cariñosos, sinceros... Y lo trasmiten a su círculo. Del que a su vez se enriquecen. Viven en armonía con todos formando una piña. Su estatura se agiganta con el trato continuado. Pero no sobresalen. Ni quieren.

Es así la vida de multifacética.

Con las calles pasa algo de modo similar. Las hay que destacan enseguida por su hermosura, su claridad, su amplitud, su vegetación. Otras porque son inhóspitas, oscuras, tenebrosas y hasta siniestras.

En cambio las hay que no muestran nada en un primer momentos. Hemos pasado al lado y ni nos hemos dado cuenta de que estaban ahí. De modo que muchos ni las conocen.

Paseando por calles y callejas de Las Navas del Marqués un día nos metimos por una calle, 'La Barbuda'. Así se rotulaba la calle. Veníamos de otra bautizada como 'Cal y Canto' que no hacía honor ni a la cal ni al canto. Quizás algo a la cal. Es una calle de la parte con más apariencia de pueblo. Las Navas, en estas calles, muestra su origen campesino. Y hasta histórico. Así: calle el Romano, Huertas...; casas de un solo piso, poyos arrimados a la pared de las casas, hierbas en las aceras, algunos tiestos, casas derrumbadas y la calzada con el piso agrietado, cuarteado a tramos...

En fin, poco que ver con esta 'Barbuda' que se abre ante nosotros con más amplitud en su calzada.

Al poco de transitar por ella notamos un no sé qué nos hace pararnos. Y de pronto caemos en la cuenta: su silencio. Eso es: el silencio nos acoge, nos saluda. Se inclina ante nosotros. Proseguimos, dándonos cuenta que no tiene poyos. Los edificios no son casas con jardines delante. Tampoco son muy altos. Pero, como venimos de un barrio de casas bajas, notamos la altura, que se nos echa encima, mas sin aplastarnos. Acogedora. Los ¿saledizos? -¿se dice así?- son como si los vecinos quisieran salir a reverenciar al visitante.

Poco antes de una curva, a la derecha, hay una casa en ruinas donde estan apiladas unas piedras parecidas a poyos. Estarían mejor junto a las casas.

Pasada la curva, esa impresión de acogida se incrementa justo junto a la parte de atrás del mercadillo. Porque esta calle tiene la ventada, añadida al silencio, de tener un edificio, de granito para más señas, que es mercado semanal. Y a esa altura el silencio se rompe una vez a la semana acogiendo el bullicio de vendedores y compradores.

Enfrente de las traseras de la lonja mercantil dos o tres casas tienen un colorido que sobresale; sobresaliendo doblemente por el colorido y por las verjas de balcones y ventanas.

Luego, la 'Barbuda' enprende la subida hacia la 'Plaza de las Tres Cruces'; plaza donde nuestro amigo Arcones hizo tres esculturas en las que la cruz está en el puño de la mano. Nos explicó que en muchos pueblos de Castilla hay tres cruces y marcan la entrada al pueblo. Muchas de estas cruces son célticas. Cruces de este tipo son enseña de grupos nazis. Nuestro amigo el escultor no lo es. Simplemente procuró investigar antes de crear las esculturas.

Decíamos que la calle emprende una subida para lo cual no se le olvida de jalonar la empinada cuesta con poyos. Las casas pierden altura. Casas blancas orientadas al sol, al sur, con árboles en las aceras. Un encanto.

La calle de la Barbuda aunque en esta parte tenga árboles en el resto no. La haría aun más acogedora con árboles. Otra virtud es que las aceras no están hechas para borrachos. Es tan irregular el piso de algunas de ellas, en tramos concretos, que, en noches de ebriedad, los borrachines o borrachinas, pueden dar con sus elucubraciones mentales en el suelo y llenar de estrellas, al estrellarse, el coco del  (o de la) tambaleante pasajero/a. E írsele la mamada, en un instante, con las celestes luminosidades. Malo para ellos al llenársele el cerebro, como se les llena, con la clara realidad de una crisis, ccon su cortejo de paro y de necesidades elementales, donde no caben nebulosas celestiales.

Y para los ancianos, por tanto, tampoco están hechas estos tramos de aceras.

La cuesta sube, si. La calle, no. Se le atraviesa 'Las Tres Cruces'. Es curioso cómo una simple travesía haya robado a la Barbuda su nombre haciéndola fenecer. Pero es así. ¡Ay, amiga Barbuda, con la iglesia has topado como Sancho Panza y Don Quijote!

Pero además, ya sabes, lo dice el refrán: contra la Iglesia y la Inquisición, chitón.

Nosotros torcemos a la derecha.

¿Para qué seguir más si no hay poyos en la calle de Las Tres Cruces?

Antes de desembocar en la Plaza del Cristo de Gracia, o de la Salud o..., a la derecha, hay una calle de corto recorrido, calle del Almendro.

Solo los pájaros cantan con nostalgia la desaparición de estos árboles.

Al parecer.

¡Ah, los almedros!

Murieron.

Como la Barbuda.

 

 

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