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Iswe Letu: Zamora, el crimen de nunca acabar

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Tu, viajero, persona de tu tiempo, turista o curioso, si por casualidad pasas alguna vez por Zamora, después de visitar los lugares reseñados en las guías del ocio, lugares que son numerosos y dignos de ver, acuérdate por un instante de las victimas del franquismo. Allí, en esa tierra que no fue frente de guerra -guerra que sufrieron los españoles de 1936 al 1939- asesinaron a muchísimos republicanos.

La crueldad llegó a tales estremos que, por ejemplo, mataron a la esposa del gran escritor Ramón J. Sender por ser quien era su esposo.

Este 9 de julio, si, este de 2009 se recordó en Villalpando, un pueblo de esta provincia zamorana, a los 26 asesinados. Dio una conferencia el historiador Junco. Abogó, a estas alturas de la historia, por la reconciliación. Palabra muy bonita que no sabemos si entenderían los oyentes de Villalpando. O si le cabía en sus cabezas. Allí, en la tierra zamorana, asesinaron al maestro comunista Amado Hernández Pascual, al que, con otros, llevaron en un camión prisioneros y de los que nunca más se supo. Era la bondad suprema, generoso, desprendido, cordial, amable y una promesa de las artes y de las letras cortada en agraz, natural de Argujillo, otro pueblo zamorano del partido judicial de Fuentesaucco. Presumiblemente no hablaría de este maestro María Antonia Iglesias en su libro sobre maestros asesinados. Y en Argujillo estuvo escondido bajo tierra Pepe Cancio. Como un topo. Resistiendo. ¡Con dos cojones!

De ese mismo partido judicial es el municipio de El Piñero donde asesinaron a diez. Era la matemática fascista: 10 x 1.

Pero si, tu, viajero, hombre o mujer de tu tiempo, te paras un momento a recordar a estas víctimas del franquismo, te recomendamos pases por Moraleja del Vino, población que está a escasos minutos de Zamora capital. Término municipal de tierras llanas donde el sol pega de lo lindo en verano, pero que se puede mitigar con un baso de buen vino. Aun quedan buenas bodegas.

Y si por un casual te pones a hablar con algún vecino de la represión nazi-fascista y mencionas, por ejemplo, el Holocausto perpetrado en Alemania es muy probable que te contesten:

-¿Holocausto?... Holocausto en Moraleja.

Te quedarás sorprendido por la respuesta, pero si ahondas y te das, por ejemplo, con alguien, uno cualquiera, al que le hayan contado algo o él mismo haya pasado miedo o su familia y te quiera revelar lo que sabe, toda tu sorpresa se te disipará. No te hablarán de hornos crematorios, sino de llamadas a altas horas de la noche, de asesinados en las tapias del cementerio, de arrastrados en coche hasta morir desollado, de testiculos cortados metidos en la boca... ¡un rosario de salvajadas fascistas, falangistas o franquistas!.

En los últimos años Moraleja del Vino ha crecido mucho. Le ha pillado de lleno el boom inmobiliario. El atractivo: estar cerca de Zamora capital. Chalés individuales o adosados y hasta casas de varios pìsos han brotado como setas. Con todo, no ha perdido su personalidad original. Si acaso ha sido remozada la plaza con un paseo con árboles que protegen del calor a los jubilados o al viajero que, como tu, te acoges a su sombra.

En la plaza se alzan el Ayuntamiento, el templo de la Iglesia Católica, los bancos, las casas de los ricos y los bares más importantes.

El bar llamado Flamingo tiene un cuadro o tabla con un flamenco que sobresale cual bajorrelieve y una bandera republicana como fondo de pintura ondeando de arriba a abajo. Parece ser que un autor desconocido se la regaló a los dueños.

La iglesia parroquial, católica, apostólica y romana (su edificio) fue construida allá por 1770  y tantos. Es de piedra cuyo color es marrón cerveza a ratos. La corona dos torres de ladrillo de un rojizo añejado por el tiempo, donde han anidado las cigüeñas. Desde allí, desde la pingorota, asoman sus garabatos picudos y machacan el ajo. A las doce, tras las campanadas, se oye el tañido del ágelus. Tal vez en honor y gloria de los caídos por dios y por la patria (muertos del bando vencedor) en la guerra que emprendieran contra el gobierno legítimo de la República. Efectivamente, resalta blanquecina la lista de esos muertos en la fachada de la iglesia de un color marrón cerveza. Una visual demostración de adonde está el amor de esta iglesia: en el bando franquista.

Los 36 asesinados republicanos no aparecen en este templo. Las 36 víctimas del franquismo de Moraleja del Vino están en el recuerdo de las gentes del pueblo. No las ha olvidado. También se las recuerda a la entrada del cementerio, en una placa que las menciona como luchadoras por la democracia y la libertad.

Y si tu, desconocido viajero, ya que estás ahí, sentado en el poyo de la casa que mira frente a la fachada de la iglesia color cerveza y donde resalta el marmol gris blancuzco de la plaza en memoria de los vencedores muertos, te acercas a una calle que está en las traseras de la iglesia, la calle Flores, una calleja por donde apenas cabe a pasar un coche, podrás hablar con Doña Agustina Alonso González, quien ha vivido con el recuerdo de dos seres queridos asesinados: su novio y su hermano. Bueno, ya no podrás hablar con ella porque acaba de morir. Mas su historia te la puede contar cualquiera.

Posiblemente viajero te vayas de Moraleja del Vino con una impresión vivísima de la represión franquista, de la actitud de la iglesia católica, de la tremenda injusticia de no haber hecho un homenaje desde el estado a esas víctimas y por tanto te sonará a hueco la palabra reconciliación. En cambio crees haber entendido eso de:

-¿Holocausto?... Holocausto en Moraleja.

Si, lo habrás entendido. Mas te puedo decir que como a todo hay quien gane, pues en otro pueblo, también cercano a Zamora, El Perdigón, que tiene por cierto las bodegas más profundas que jamás hayas visto y buen vino, claro, si preguntas por este mismo tema, puede que te respondan:

-Afortunadamente, mi familia fue una de las pocas a quien no asesinaron a nadie, pero...

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