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José Mª Amigo: El tesoro

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 Le apareció de improviso. Lo mira una y otra vez incrédulo. Luego mira a su padre convencido de lo que está pensando. Él es el autor de este hallazgo. Su padre. Eso piensa. Se acuerda de ayer mismo, por la noche, al amor de la lumbre, cuando, con una orden, como un mago, hizo bajar de la campana de la cocina un bulto que contenía regalos. Entre ellos el cuento de la Princesa Miosotis y las piezas de madera de colores para construir torres y castillos. Era de noche. El fuego del hogar resplandecía. El paquete bajaba mágica y lentamente hasta el suelo de la cocina. Fue muy feliz.

-Seguro que ha sido mi padre. Él es capaz de hacer cosas así.

Lo  volvió a mirar pero su padre se ocupaba del periódico ajeno a sus inquietudes. O eso le pareció. Levantó otra vez el brazo del hule de la mesa. Efectivamente, allí estaba. Su tesoro. Bueno, decir tesoro tesoro... no era la palabra adecuada. Porque... vamos a ver... lo que se entiende por tal... podría ser... por ejemplo... lo que  descubrió Alí Babá, casualmente, escondido de miedo a aquellos jinetes. Eso si era un verdadero tesoro... Lo que aparecía sobre el hule, si lo comparamos, que siempre hay que hacerlo, no era tal. 

O si. Depende. Las cosas había que mirarlas según el punto de vista de cada cual. Pues ya se sabe, la ambición transforma la abundancia en escasez. O al contrario, lo minúsculo se hace grandioso para el que nada tiene. Todo es relativo. No recordamos exactamente si fue Bacon, el inglés, el que razonaba diciendo, categórico, que las palabras mucho y poco, alto y bajo, rápido y lento... no querían decir nada. Aunque lo parecieran. Porque para unos mucho significa poco y para otros poco es mucho. Y así con numerosos vocablos rotundos, sólidos, absolutos, que, al menor análisis, se vuelven humo.

Por eso, para él, lo que había aparecido debajo de la manga si no era un tesoro, que no lo era, si era una pieza de un caudal. Cosa, además, mágica: había surgido de la nada como el paquete desde lo alto de la chimenea. Si no había sido su padre el que la había hecho brotar de la mesa es que él, como hijo de quien era, estaba adquiriendo poderes extraordinarios. Se lo dijo a su progenitor cuando le mostró el hallazgo.

-Eres todo un mago. Sigue así hijo mío y el mundo será tuyo.

Todo orgulloso, el niño se quedó mirando como brillaba en la mesa su tesoro. Dorado como el oro. Le dio la vuelta. Era nuevo. Nuevecito. Restallante.

-Muchos grandes hombres han empezado así. Y han llegado lejos -decía su padre mientras el hijo se extasiaba contemplándolo- No se te olvide, hijo mío, que cada vez mas se ha de ver, eso que tu has hecho aparecer, con  valor incrementado. Por la crisis en la que estamos. Consérvalo como oro en paño.

El padre pensaba en las virtudes de la suma y de la multiplicación. Quería educar a su hijo adornándolo con esas cualidades de la aritmética para que, el día de mañana, cuando su razón madurara, se viera forzado a no despilfarrar las riquezas.

Al respecto, le mostró ejemplos de grandes fortunas que empezaron de manera similar (o eso le habían hecho creer) y supieron que eso que, casualmente, se les mostraba, como a Alí Babá...

-O como a ti, hijo mío, como a ti.

...encontraron la manera de sumarlo y mas tarde multiplicarlo; de manera que el montón se hizo pirámide...

-Y hoy contemplan el mundo desde la pingorota.

Mas el hijo, desbocada la imaginación en dirección discordante, veía compañeros de escuela adquiriendo de todo que luego se llevaban a la boca. Y los miraba embobado. Por eso quería hacer lo mismo. Ahora. De inmediato. Sin mas dilación. El brillo de su tesoro se tranformaba en chucherías bailando a su alrededor. Un universo multicolor de golosinas ofreciéndose a sus sentidos. Sobre todo al gusto. La boca se le hizo agua. Y no pudiéndolo resistir exclamó:

-Papá, ¿puedo ir a la tienda de chuches?

-Si. Vete. Es tuyo el tesoro.

Sale corriendo. En la mano su hacienda. En la calle, como una exalación, hasta la tienda. Baja las escaleras del local. Mira alelado el arcoirisado muestrario de dulces, chocolatinas, regalices, peladillas, bombones, caramelos... 

-Deme chucherías.

-¿Con 20 céntimos?

-Si, señor.

-Pocas te puedo dar por esto. Pero... espera... A ver si encuentro alguna... -decía, desde el mostrador, el dueño de la tienda.

Detrás, unos niños se ríen de él y de los 20 céntimos.

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