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José Mª Amigo Zamorano: Un momento de lucidez

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De ocho a ocho y cuarto de la tarde llegaba en su moto de gran cilindrada a su chalé adosado. Le esperaba el matrimonio de ancianos que por medio de un módico estipendio le cuidaba el hijo de corta edad durante el tiempo que su esposa estaba trabajando.

Era propietario de una casa, del chalé adosado que ya hemos dicho, de un coche todo terreno y de la moto con la acudía de ocho a ocho y cuarto. En realidad tenía más propiedades: una hipoteca, los letras de los plazos de los vehículos y un galgo de caza.

Estaba endeudado hasta las cejas. Y con la crisis económica de 2008 las deudas se le hicieron más grandes. Todo el dinero que pagaba iba a parar a los bancos, a las gasolineras, a la pareja de viejecitos y un resto para alimentarse él, su hijo, su esposa y el lebrel. Porque tenía un perro y el gato que se nos ha olvidado.

Bien mirado, no tenía nada; era más pobre (esto es relativo claro) que una rata. Aunque darse pisto ante los vecinos... se lo daba.

Llegaba al chalé, apagaba la moto, se quitaba el casco, hablaba un momento con los ancianos, guardaba la moto en el garaje (es un decir y sacaba el perro a pasear.

Enrfrente estaba aun sin construir y a pocos metros había prados verdes y los montes más arriba. El perro se lanzaba como una flecha campo a través y él agarraba a su hijo de la mano que se resistía porque lo que quería era irse con sus abuelos. Llamaba abuelos a la pareja de jubilados que lo cuidaban durante el día.

Hacía las nueve de la tarde volvía al chalé adosado y preparaba la cena para su hijo y para él. Hacia las diez y media llegaba su mujer y se acostaba. Pronto, a las cinco y otras a las seis de la mañana tenía que reincorprarse a su puesto de trabajo.

Esa era la rutina diaria, sin apenas tiempo para gozar del sol, charlar o pasear.

Su mujer le había dicho en más de una ocasión que deberían vender todo, pagar las deudas y agenciarse un piso en la ciudad donde trabajaban. Sus propiedades estaba a cien kilómetros de donde curraban. Él se resistió durante varios años. Al fin puso solo el chalé en venta. Con tan mala suerte que al poco estalló la crisis, se desinfló la burbuja inmobiliaria. Precisamente a donde se habían arriesgado a invertir sus sueldos. Ahora valía su chalé menos que el pedo de una hiena vieja. La esposa le reprochó su negativa a venderlo a tiempo. A su tiempo. Entonces.

Ahora cuando hablan, cuando tienen el poco tiempo de hablarse, insiste en afearle su resistencia a vender.

-Si lo hubieras hecho cuando te dije...

Él siempre le decía a los ancianos que le cuidaban el hijo:

-Esta todo lo ve muy fácil. Y no lo es...

Una noche la esposa no llego, como siempre hacía, a las diez y media en punto. Y cuando abrió la puerta del salón padre e hijo estaban durmiendo en el sofá.

-Esto no es vida. Es un sinvivir.

Y, sin cenar, se acostó enfadada.

Cuando, al día siguiente, llegó al chalé con su moto de gran cilindrada, el hijo no quería ni a tiros ir con él y se abrazaba a las piernas del anciano llamándole abuelo.

Le dolió al padre el proceder de su hijo.

Ese día después de guardar la moto y se metió en la casa con el hijo que no hacía mas que llorar:

-Quiero ir con mis abuelos, repetía y repetía llorando.

Imopaciente y cansado le gritó

-¡Callate, cojones!

El niño de miedo se calló. El perro se acercó al niño y comenzaron a jugar. Al poco el padre se quedó dormido enel sofá. El perro y el niño pusieron todo patas arriba. La madre cuando vio aquello como un campo de batallas, todo tirado, su marido durmiendo y su hijo que tenía arañada la cara por el perro se asustó y dijo:

-Así no se puede vivir. Hay que hacer algo.

Fue pasando el tiempo. Las deudas se incrementaban y los alimentos valían cada vez más y nadie ofrecía un precio que ellos consideraran justo por el chalé.

Un día de julio, por la tarde, como siempre, el hombre llegó con su moto. Esta vez a la ocho en punto. El cansancio era visible en su rostro. Doce horas en el tajo eran muchas horas. Y su hijo, una vez más, no quería acercarse a su padre biológico. Se negaba a separarse de los viejos. Cuando por fin logró que fuera con él, lo cogió en brazos y besándole la frente, tuvo un arranque de lucidez:

-Me paso las horas trabajando para otros y lo que gano se lo lleva el banco, las grandes superficies comerciales, los ultramarinos... Y los ancianos educan a mi hijo... No tengo nada... Ni tiempo para estar con él... ni con mi mujer...

-Es un sinvivir. Habría que hacer algo.

El hijo quería subirse a la moto. Se dijo:

-No estaría mal que le diera un paseo en la moto...

De modo que abrió la perrera del galgo. Se subió a la moto. Puso delante al hijo. Arrancó... En ese momento sonó el teléfono movil. Era su mujer.

-¿Que no vienes esta noche?

-(...)

-¿Ni nunca?

-(...)

Tiró el teléfono. Comenzó a rodar con la moto. Acelereró. Una estela de polvo se vio pasar por el camino. Como si surgiera de la misma tierra... Visto y no visto...

-¡Será cabrón!, casi me lleva por delante.

-Ese se mata.

-No hay más que verlo.

-¡Ojalá... se rompa la crisma!, exclamó al que casi había atropellado.

El perro galgo, su lebrel de caza, seguía la estela de polvo corriendo.

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