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Le llamaron moro de mierda

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(Tomado de: http://senocri.blogcindario.com/ que a la vez lo tomó de: http://ever-enen11.blogspot.com/)

con el título de 'Moro de zarzamora'.

Ilustración: busto de Toussaint Louverture, héroe y dirigente de la independencia de Haiti

Le llamaban 'El Moro'.  Se había ganado el mote año a año. Lo decimos porque, cuando las moras estaban en sazón, entre el ramaje espinoso de la zarzamora, se daba sus buenos y suculentos desayunos. Y como de lo que se come se cría, según el decir de las gentes,  se estaba volviendo su cara amoratada.   Cuando se jubiló su desayuno de moras fue casi a diario. Se levantaba y, tras beberse un bueno y larguísimo trago de la botella de la nevera, porque los días eran aun calurosos y regresaba del paseo ya muy entrada la hora del mediodía, tornaba al lavabo, se miraba en el espejo diciéndose en voz alta:
-Las moras me están transformando en moro de verdad.
Su hijo, en situación de parado a causa de la crisis, se sonreía. Él, al ver su sonrisa, hacía un ademán de decirle algo. Luego se arrepentía.
Así, prácticamente, eran todas las mañanas. Todas. Su rutina.
Y el que vamos a relatar no fue una excepción: después de quedarse para si con algo que quería decirle a su hijo, salió del water y se encaminó, pasillo adelente, a la salida de la casa.
-¡Adiós papá! -oye que le dice.
-Con dios, hijo, y... -responde sin terminar la frase iniciada- ¿Para qué gastar más saliva? No me va a escuchar, piensa.
Su intención se inclinada, eso si, a aconsejarle que no perdiera el tiempo en asuntos que, una mente madura, adulta, calificaría de banales, secundarios; por ejemplo: pasarse horas y horas, ante el ordenador, escuchando música, una sola clase de música para más inri, o enterándose de los grupos musicales que existían en el mundo y de las novedades de sus grupos favoritos. 
Eran aficiones, lo sabía, que toda la juventud ha sentido, pero que, con el paso del tiempo, se van atemperando al percibir, como lo perciben, unos más pronto y otros más tarde, que, la vida, es una cosa única y seria, que lo primero que hay que hacer es asegurarse el pan cotidiano ('Ganado tengo el pan, hágase el verso', decía José MartíGuiño y luego, más tarde, alimentar al espíritu. Estando el segundo encadenado al primero irremediablemente: sin una manutención asegurada el alma no puede recibir su ración con pleno aprovechamiento. Es mas, no está preparada en absoluto para ese deleite.
Pero, en el caso de su hijo, no se daba todavía ese florecimiento de la razón, del sentido común.
Y eso le torturaba.
Absorto en sus pensamientos se tropezó con una señora a la que pidió perdón.
-¡Moro de mierda! -le regaló al oido la señora.
Tan corrido se quedó con las palabras de la individua que no supo que contestarle. Disgustado, aun más de lo que ya estaba, por esa contestación tan grosera de la mujer que, más que otra cosa, pareciole un rebuzno, se alejó con prisa hacia el campo donde las burras pastaban entre estornudos, los cuales en comparación con el rebuzno de la señora, eran notas delicadísimas.
Ya bastante apartado de esa asna humanoide murmuró:
-Hija de puta...
Es lo que tenía de malo 'El Moro': su proceder encaminado a tragarse todo para sí, por timidez, o por miedo a enfrentarse al de enfrente o... ¡o vaya usted a saber la razón!...
Lo cierto es que, sus intenciones, no se materializaban; es decir: no salían al exterior articuladas en palabras para que, el otro, las oyera. Y así, claro, no hay manera de dialogar, de hilar una simple conversación con el fin de llegar a algún acuerdo.
Con sus hijos (y con este en particular) que, como progenitor, es lo que más quería, las ideas que deseaba trasmitirle se quedaban en su magín sin salir afuera. De modo, que nunca llegaba a traspasarle la riqueza de conceptos que, él, creía llevar dentro. Sus principios democráticos, mal aprendidos y peor asimilados, en un mundo de patriarcas, de dictaduras del padre, de machismo, le impedían ejercer esa autoridad que, a veces, es necesaria para la educación de los hijos y cuando conseguía apuntar uno, uno tan solo de los conceptos, le rebatían de malas maneras los hijos. Entonces, por no salir a mal, dejaba pudrirse la mala leche dentro de su piel. Recordaba, al respecto, que pocos días ha, estando sentado a la mesa, vio que su hijo lo miraba de modo atravesado y le dijo:
-Parece que me miras mal.
-Te miro mal siempre -le contestó su vástago.
Otro padre, de los que él conocía, hubiera reaccionado enérgicamente, y de inmediato, diciéndole:
-¡Ah, si! ¡Pues, cuándo coños piensas encontrar trabajo e irte de aquí, de una puta vez, para no verme en esta casa que pago y, además, te alimento, teniendo que aguantar tus impertinencias, de las que ya me tienes más que harto... hasta mismísimos cojones!
Pero se calló. Enmudeció. Porque a él, precisamente a él, lo que le hubiera gustado era hacerlo sentar a la mesa y en charla tranquila, sosegada, amorosa, expresándole, enseñándole, mostrándole con ejemplos, que la vida es corta y que hay que aprovechar el tiempo que se va y no vuelve; diciéndole que se puede estudiar, cultivar su espíritu y divertirse con los amigos sin malgastar el tiempo. Y que observaba en su comportamiento un hecho que, a su modo de ver, le estaba empobreciendo intelectualmente, como era el hecho de que solo atendía a una manifestación artística; y dentro de esa parcela del arte, a un solo estilo y eso... era como hacerse sectario de esa música; con lo cual cortaba con la inmensa riqueza de la humanidad que no sabe de barreras unilaterales; se estaba aislando de las diversas múltiples facetas de la actividad artística: la poesía, el teatro, la música, la novela... La lectura de los clásicos, por ejemplo, es una forma de reflexionar sobre la vida haciéndole madurar a uno. Y le añadiría que no se dejara maniatar por la angustia del paro, si es que la tenía, que la tendría aunque a su padre no se la manifestara; haciéndole comprender que, en esa época de desempleo, es lo positivo, es cuando más puede enriquecerse uno porque se tiene más tiempo: repasando, por ejemplo, sus estudios; haciendo gimnasia; escuchando todo tipo de musica; perfeccionando sus técnicas; manejando numerosas herramientas de trabajo... ahora, si, ahora que tenía más tiempo libre y la manutención asegurada que, luego, si su padre desaparecía... Pero, ¿para qué decirle todas esas cosas?... es posible que le contestara, no como la burra femenina,  a lo mejor... peor. 
-No. No vale la pena.
Sin darse cuenta se había alejado de la población. Lo supo, de repente, por el esquileo de la ovejas. Alzó la vista del suelo y miró al frente. Lo que se le ofrecía a la vista nada tenía que ver con lo que dejó atrás: el campo verdecido, tras las lluvias, mostraba su 'alegre otoñada': aquí las florecillas lilas, amarillentas y blanquecinas, embellecían el prado, por doquier los blancos champiñones asomaban sus redondas cabezas y de cuando en cuando los niscalos, inconfundibles, lucían sus sombreros anaranjados; y lo que él más deseaba, diseminadas por las laderas o cerca de los arroyos, las verdeoscuras zarzamoras que, al sol, hacían brillar sus frutos como diciendo: 'acá estamos, venid a comernos'. Y es lo que hizo.
Ya había otros comensales dándose el desayuno. A algunos los conocías de días pasados, eran emigrantes marroquíes, parados como su hijo. Los saludó: 'Sala maleikun' o 'Ala ila ala' o 'Insalah', que no sabía bien lo que significaban pero que, coligió, serían esas frases una forma de cortesía, similares a las que, en castellano, a él le respondían, con su acento particular, los antes aludidos: 'Buenos dias', 'Qué tal' o 'Con Dios' o 'Hasta luego'. Nada más se digeron, pero con eso bastaba.
Esa mañana fue abundante el desayuno de moras. De zarzamora en zarzamora fue pasando el tiempo. Algunos ratos se paraba sentándose en alguna piedra. El sol calentaba sus huesos. Lo agradecía. Se estaba tan bien... ¿Volver a casa?... Claro... Sin ganas. Lo que menos le tentaba era regresar a la casa. No. No le hacía la menor gracia. Si, volvió. A remolque. Pero lo hizo.
Abrió la puerta. Otras veces llamaba al timbre. Se encaminó, como siempre. al frigorífico. Cogió la botella. Acordándose de una mujer de su pueblo quien, por las matanzas de los cerdos, después de comer la chanfaina, levantaba la jarra de vino y en voz alta apoyaba su odio al agua con palabras como 'madre de ranas y sapos y lavadora de trapos'  luego le pegaba un trago profundo de vino a la jarra; parecido hizo 'El Moro': levantó, igualmente, la botella de vino y, mirándola casi con  devoción, exclamó:
-¡In vino veritas! ¡Oh, botella de vino, introdúceme entre pecho y espalda la esencia alegre del optimismo! Lo necesito.
Luego, como hacía ordinariamente, se dirigió al lavabo para refrescarse la cara. Su hijo se estaba afeitando al tiempo que oía música, la música de siempre, para variar. Mientras se secaba la cara se miró al espejo.
-Las moras me están volviendo realmente moro.
Su hijo lo miró y sonriendo le dijo:
-¿Las moras, papá?... No. Mas bien el morapio.

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