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Patrice Lumumba: Congo Libre y Bravío

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Patrice Lumumba: Un Congo libre y bravío

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Durante mil años tú, negro, sufriste como un animal,

tus cenizas fueron esparcidas al viento del desierto.

Tus tiranos edificaron templos mágicos y relucientes

donde preservar tu alma, donde guardar tu dolor.

El bárbaro derecho de los puños y de los látigazos.

Tenías derecho a morir, y todo el derecho a llorar.

En tu tótem tallaron hambres y cautiverios sin fin,

e incluso al abrigo del bosque acechaba una muerte

horriblemente cruel, solapada, trepando hacia ti

como ramas de los agujeros y cimas de los árboles

ciñendo apretadamente tu cuerpo y tu alma doliente.

Entonces pusieron gran víbora traidora en tu pecho,

y a tu cuello engancharon el yugo del aguardiente,

trocando tu vida serena por brillo de perlas baratas,

¡ah, tus riquezas increibles, tus tesoros inconmensurables!

 

Desde tu choza, el tambor sonaba en la sombra de la noche

llevando tristes lamentos hacia las fuentes de ríos poderosos

sobre muchachas violadas, y ríos de sangre y ríos de lágrimas

sobre barcos que zarpaban hacia el país donde el hombrecito

se revuelca en un hormiguero y donde el dólar es el monarca,

a la tierra condenada, esa que denominan la madre patria.

Allí tu hijo y tu esposa, tan amados, eran molidos, día y noche,

por rueda de molino atroz, destrozándolos con dolor inmenso.

Eres un hombre como otros. Te predican para que comulgues

con el buen dios blanco que reconcilia a todos los hombres.

¡Mentira! Por el fuego sufriste y entonastes cantos plañideros

del mendigo sin hogar que canta a las puertas de las mansiones.

Y cuando la locura te poseyó y tu sangre hirvió en las noches

danzaste, gemiste, como la furia de la tormenta, en lo más alto

de su furor, en las palabras violentas de la melodía del hombre

de un millar de años de penas, de allí surgió esa fuerza de ti

en la voz metálica de jazz, un grito de liberación desconocido

resonando en el continente como una marejada gigantesca.

 

El ya el mundo entero, de improviso, se despertó aterrorizado

al ritmo violento de la sangre, al ritmo violento y rebelde del jazz,

e hizo empalidecer al hombre blanco ante este nuevo canto,

que además transporta teas púrpuras en las tinieblas de la noche.

¡Ha llegado el alba, hermano, el alba! Contempla nuestros rostros,

una nueva aurora, una nueva mañana nace en nuestra vieja África!

Nuestra sola será la tierra, nuestra y el agua y los ríos poderosos

que el pobre negro, nuestro ancestro, entregó durante mil años.

Y las deslumbrantes luces del sol brillarán de nuevo para nosotros

secarán las lágrimas que en vuestros ojos corren llenas de dolor.

Y se irán los gargajos de la cara cuando rompáis vuestras cadenas

y hastas los grillos pesados desparecerán de allí como por encanto.

Los tiempos de antaño, malvados y crueles, se irán para no volver.

Un Congo libre y bravío renacerá del espíritu del hombre negro.

¡Un Congo libre y bravío, el florercer negro, la semiente negra!

 

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