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El revolver y la Gallina de Los Huevos de Oro

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Castilla, en el corazón de las españas, está encumbrada por multitud de montes que se llaman oteros. Hay muchísimos. Pero El Otero, por antonomasia, se halla en la provincia de Zamora (España) en la raya entre los términos municipales de Fuentespreadas y Santa Clara de Avedillo. Para ser mas preciso, y para que no se enfaden los vecinos de Avedillo, diré que no está en el límite mismo sino metido unos pocos metros en su término, por lo que también recibe el nombre de Parva de Avedillo. Lo de 'parva' es por la forma con que se percibe en el horizonte, casi idéntica al montón de mies despues de trillada en las eras. Cuando se trillaba. Desde su cumbre se ve, en dias despejados, la ciudad de Zamora, capital de la provincia del mismo nombre. Y eso que está a mas de veinte kilómetros de distancia.

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Pues bien, hacia ese otero nos dirigíamos, mi amigo J.M. y yo, una mañana de finales de primavera, si la memoria no me falla, alegres, henchidos de gozo y un tanto inquietos pues íbamos a una aventura peligrosa: queríamos hacernos pistoleros de verdad. Y no era de broma. Fácil es colegir por nuestro deseoque nuestra edad no pasaría de los trece o catorce años. Y recibimos una lección que no se nos olvidaría jamás. Al menos a mi. ¿O fue que desperté de mi niñez? No sé.

El cielo estaba azul clarísimo, atmósfera diáfana, creo que se dice, como solo en Castilla se  goza. El aire acaricia los campos sembrados de trigo, cebada y avena, produciendo oleajes que, en crestas y en bajadas, tornasola la luz en verdes claros y oscuros. Codornices y alondras alegraban la vista y el oído.

Caminabámos silenciosos cada uno prendido el pensamiento en lo que haríamos nada mas alcanzar la pingorota de El Otero. Acompañados y acunados, sin ser conscientes de ello, por el cielo y la tierra.

Faltaban unos pocos centenares de metros para comenzar la subida al monte, cuando me fijé en que sobrevolaban la cima de monte numerosas aves rapaces. Mal augurio. Pensé entonces en el peligro de los animales que viven en el entorno del cerro. Imaginé a esos habitantes corriendo alarmados a esconderse en madrigueras, nidos y otros escondrijos. Viniéndome a la mente la leyenda de la Gallina de los Huevos de Oro que, según me contó mi madre, moró allí, en la Parva de Avedillo, en lejanos tiempos de Maricastaña. Quienes -me refiero a los tiempos- según León Felipe, uno de los grandes poetas del camino, eran mas veraces que los manuales de la historia.

Y para entretener, un poco, el tiempo, hasta que empezáramos la ascensión, se la conté al amigo J.M.

Pero llegado a este punto tengo que presentarme: no diré, ni mi nombre ni el de mis padres (ya fallecidos) sino que nací en el pueblo de Fuentespreadas de donde era natural mi padre, no así mi madre que nació en Cualgamures, pueblo que dista del otro dos o tres kilómetros. Mi padre, adicto al régimen franquista, combatió, con las armas en la mano, en el bando desafecto a la República; y poco después de terminada la guerra, yo tenía tres o cuatro años, nos trasladamos a Zamora capital, donde mi progenitor comenzó a trabajar, enchufado, de conserje en un instituto. Por lo que he vivido poco en el pueblo. Sin embargo, con J.M., al que considero mi amigo, he pasado buenos ratos. Como el que les estoy narrando, camino de convertirnos en pistoleros y que pudo resultarnos caro. Pero no quiero adelantar acontecimientos. Solo decir que fuimos con un revolver y dos balas. Lo novedoso eran las balas porque, jugar a pistoleros, lo habíamos hecho muchas veces, ya que, mi amigo, tenía en su casa dos revólveres: uno de cañón largo y otro de cañón corto. En su corral nos escondíamos trás pesebres de piedra y apuntábamos a gallinas y gallos. Era de mentirijillas. Pero H. nos enseñó dos balas y lo convencimos para que nos las dejara. Con ellas en las manos se nos ocurre la idea de experimentar en El Otero, lejos del pueblo. Por eso que caminamos hasta él una mañana de primavera ufanos, y algo nerviosos.

Dicho lo anterior, decía que le conté la leyenda a J.M. que me escuchó atentamente: Vivía en El Otero una gallina con sus polluelos, a la que, de vez en cuando, llevaba migas de pan y granos de cebada, centeno o un poco de trigo, un niño muy pobre. El niño tenía su casa al pie del monte y, como sus padres pasaban la mayor parte del tiempo trabajando de jornaleros para unos labradores, solía subir ladera arriba a entretenerse jugando entre peñas y arbustos. Una vez, descubre a una gallina incubando sus huevos. Estuvo largo tiempo contemplándola. De cuando en cuando la gallina abandona su nidada y picotea en el suelo. Al día siguiente le lleva migas de pan y, como viera con que ganas las comía, en jornadas sucesivas le acerca mas comida. La gallina se acostumbró al niño y él a la gallina. Luego nacieron sus polluelos y le lleva a ellos también comida. Un día, como todos, el niño emprende subida a la ladera sendero arriba. Canta, mira los pájaros en el cielo, las avispas y abejas libando entre las flores y los animales que atraviesan el sendero: hormigas, gusanos, escarabajos... Cuando, de repente, le sorprende el cacareo escandaloso de la gallina. El niño echa a correr alarmado y ve que la gallina, con las alas extendidas y lanza el pico adelante, cacarea ruidosamente enfrentándose a una culebra para protege r a sus polluelos. El niño, entonces, coge una piedra del suelo y lanzándola aplasta al reptil. Agradecida al pequeño por su arrojo y valentía, dicen, la gallina puso un huevo de oro a fin de que se lo llevara a sus padres. Esto les permitió salir de su pobreza y no volver a ser explotados jamás. Los padres del niño fueron a agradecerle su dádiva a la gallina llevándole granos de cebada, centeno y trigo, pero, cuando arribaron a su escondrijo, la gallina y sus polluelos habían desaparecido. Unos dicen que Dios la llevó al cielo donde mora. Otros que se mudó de lugar y que vuela de roca en roca contemplando a los niños a los que avisa si ve algún peligro. Y en la mente ha quedado que está permanente en El Otero, aunque nadie la vea y que, algún día, se hará presente a niños necesitados y les regalará huevos de oro. Y alguna leyenda afirma que hay una nidada de huevos de oro escondidos para aquel que se porte bien con los demás. Por eso los padres dicen a los hijos:

-Pórtate bien y encontrarás huevos de oro de la gallina del Otero.

O bien esta otra frase:

 -Anda, sube al Otero y pídele a la gallina un huevo de oro entero. Seguro que por allí andará picoteando.

Cuando acabé la leyenda J.M. me dice que ya sabía esa historia, aunque de final distinto y me añade:

-Yo he visto a la gallina y sé que los huevos no son de oro.

-Cuenta, cuenta.

-Luego, ahora vamos a subir hasta arriba. Si hablo la fuerza se me va por la boca.

Llegados a la cima, sacó J.M. el revolver del bolsillo, abrió el tambor y colocó la bala en uno de los cinco agujeros. Aquí tuvimos el primer problema: eran mas largas las balas que la longitud de los huecos del tambor. Mas, nuestra voluntad era hacernos pistoleros. De modo que le dimos vueltas y vueltas hasta encontrar la forma de disparar. Por fin la solución: como no podiamos poner las dos balas, pusimos primero una de tal forma que la punta que sobresalía entrara en el cañón.

 -

Primero apretaría el gatillo J.M. Y así lo iba hacer. Pero cuando se dispone a realizar la acción la bala, que era mas delgada, se escurrie cañón abajo y cae a tierra. Vuelta a pensar. La única manera de que el gatillo de en la bala era poniendo el revolver un poco inclinado hacia arriba. Y eso acordamos. Cuando mi amigo se dispone a disparar le digo que coloque el arma separada de la cabeza, de modo que si la bala sale por la culata (habíamos oído eso de 'salir el tiro por la culata') no le diera en la cabeza.

-Vale, pondré el revolver cerca de mi oído derecho y bien colocada la culata para que apunte al aire.

-Eso -digo yo.

Apretó y ¡pum!: un sonido ensordecedor nos dio en toda la cabeza. Yo me toco la cabeza y el pecho para ver si había ocurrido algo. Nada. Me tranquilizo y miro a J.M. observando que el revolver está en el suelo y él tocándose el pecho, las piernas... todo su cuerpo. Le ha ocurrido lo mismo que a mi: tuvo la sensación de haber recibido un golpe.

Afortunadamente no era el golpe de la bala sino del sonido.

Nos miramos como exclamando ¡de buena nos hemos librado! Dejamos transcurrir el tiempo mirando el paisaje para ver si nos tranquilizamos: al fondo el cielo nítido, impasible; en el horizonte tierras, cereales ondulados por el viento, viñas, algunas manchas de arboledas y, por todas partes, almendros aislados, abajo de El Otero un pequeño pinar cerca del camino que enlaza Fuentespreadas con Santa Clara de Avedillo. Observé que las rapaces se habían elevado en el cielo.

Le pregunté a J.M. por qué había afirmado que había visto a la gallina de los huevos de oro y que no eran de oro.

Al parecer lo derperté de sus preocupaciones porque me mira sorprendido y tarda en contestarme.

-Verás: hace cinco o seis años, no me acuerdo bien, después de levantarme de la siesta, me dio un repente y cogí la burra y me fui, sin permiso de mis padres y si decírselo a nadie, en dirección a Santa Clara de Avedillo. Allí, ya sabes, tengo tíos y primos. Estoy a gusto. Me tratan bien. Bueno, pues tras pasar el limite entre los pueblos, ese que ves ahí, enfrente, y que acabamos de andar, cuando comenzaba a bajar la cuesta miré a la derecha, al Otero. Me acordé de la leyenda de la Gallina de los Huevos de Oro, esa que has contado aunque ya la sé con otro final...

-¿Que final?

-Miré para aquí, -repite J.M. sin contestarme- paré la burra, y tras unos momentos de indecisión, en otra salida de las mías, torcí a la derecha y emprendí la subida a este monte con la burra en busca de la gallina y sus huevos de oro. Me bajé, dejé a la burra libre y me puse a buscar al ave... -se interrumpió y respiró profundamente- Por cierto, olía a tomillo y romero como ahora. ¡Qué gusto después del susto que nos hemos llevado! ¡Mira que bien, he hecho un pareado: gusto-susto! -y se puso a reir.

-Oye -siguió J.M.- te toca a ti tirar ahora. Toma la bala y el revolver. Lo digo... no sea que se nos haga tarde, como a mi cuando subí con el burro. Venga, colócate donde quieras.

Cogí el revolver Bruneleschi (o eso ponía en el arma) y ya tranquilo, parapetado tras una roca y apuntando a un almendro, incliné el arma y, como un Billy el Niño mas, apreté el gatillo: el mismo zumbido retumbante en mi oido. No me toco el cuerpo, pero cuando separé una de las manos del arma el revolver se dobló: el pestillo que une el tambor al cañón, si mi memoria no me engaña, se había roto. Creo que fuimos conscientes de que podía haber reventado y herirnos la mano. Se vio que la bala era para otra arma. Ahora, transcurridos los años, creo que si hubieramos disparado otra bala... no sé que hubieras pasado... Miramos alelados el revolver, lo metió mi amigo en su bolso y nos fuimos a recorrer el monte.

En realidad, su cumbre es una llanada cubierta de tomillo, romero y algunas plantas, sobre todo cardos, que crecen en un suelo arenoso o mas bien de piedrecillas o chinarro.

Algunos, mas que árboles, arbustos; y por la ladera norte o nordeste matojos y zarzas entre piedras.

En esa zona, dijo mi amigo, pasó la noche cuando se le hizo tarde, el día que subió al monte con la burra, entretenido, como estuvo, jugando y buscando la Gallina de los Huevos de Oro. Oscureció de repente y tuvo miedo... no, mas que miedo, terror. Afortunadamente salió la luna y solo le quedó el temor a los ruidos de la noche. Se acurruca entre dos rocas y con el cansancio y el llanto se adormece. Soñó que caminaba entre arenas hacia un mar poblado de árboles, que culebras se le enroscaban y gallinas le picaban. Sintió un galope de caballo y luego cabalgaba entre las olas del mar hacia el reino de la luna blanca. Y cuando despierta ve que es casi cierto lo que había soñado: una gallina le pica en un pie y unas culebras se hallan enroscadas, cerca, entre unos matojos. Se levanta y entonces, una culebra por una parte y la gallina por la otra, lo azuzan. Coge una piedra y le tira a la culebra a la que da en la cabeza matándola. Y empero, como la gallina se pone a cacarear escandalosamente y ahueca las alas en actitud agresiva, le tira un canto y da en uno de los huevos de la nidada rompiéndolo. Ve, con sorpresa, que, dentro del huevo, como en los huevos blancos, hay clara y yema.

-¿Por qué dices lo de los huevos blancos? Todos los huevos son blancos. -le dije porque, entonces, para mi, no había otro color en la cáscara de los huevos.

-Ya, pero los de aquella gallina eran medio dorados.

-Claro, era la Gallina de los Huevos de Oro.

-Bueno... no sé... sería... pero los huevos no eran de oro.

Y me lleva hasta esa parte en la dijo haber dormido. La rapaces que volaban sobre el cerro, de cuando en cuando se lanzaban en picado a una u otra parte de las laderas del cerro y volvían a elevarse en el cielo. No encontramos nada. Bueno, algunas plumas. Al subir la cuesta, otra vez hacia la llanada del monte, vimos a una de esas aves carniceras de mal agüero que planeaban El Otero llevándose en sus garras algo.

-Mira, creo que es la Gallina de los Huevos de Oro. ¡Pobrecilla! Se la lleva el águila... -exclama J.M. 

Emprendimos regreso a Fuentespreadas. Por el camino me cuenta el final de la leyenda: la gallina, del esfuerzo que tuvo, al poner el huevo de oro, murió. Es el precio que se paga por poner delante el agradecimiento de bien nacidos.

No he vuelto a subir a El Otero. El otero por antonomasia, o Parva de Avedillo. Situado en la raya entre Fuentespreadas y Santa Clara de Avedillo. Y desde el cual, en días despejados, se contempla, nítidamente, Zamora, capital de la provincia del mismo nombre. Provincia de Castilla, encumbrada región de oteros en el corazón de las españas.

 

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