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¡Que se joda y se muera!

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Es un día cálido, soleado, transparente. Y sin embargo estamos solos. Las ventanas desconsoladamente abiertas o cerradas. Y el silencio ¡ah, el silencio!... solo transgredido por las canciones de las fiestas interiores; esas que no cuentan para la Patraña con mayúscula.

Por encima de las canciones de la fiesta recojo piedras, lanzas, azagayas... preparándome, como tú, que haces el mismo gesto de decisión en la esquina de la calle; apostado y dispuesto a aprovechar la dirección del viento para no errar el blanco... Y el silencio... ¡siempre el silencio!... solo roto por el barco que se va del puerto... (taponaba nuestras gargantas ansiosas de gritar)...

Nos miramos, y sin decirnos nada, de común acuerdo... nos brota una canción de alabanza al barco que leva anclas. Nadie en cubierta. Por cierto ... su sirenita nos saluda, ahogando así el zapateo de las tristes marionetas.

Se va el barco y también se nos va el amigo... ¡qué dolor tan intenso nos produce contemplarlo!... el amigo de toda la vida... el compañero, el camarada de toda la vida... ¡Increíble!... Se va volando con las langostas, a mediodía, cuando las golondrinas, para edificar su nido, se quedan a recogen barro en la orilla del río... ¡Maldito!...

Pero nos viene otro... Asi que... ¡que se joda y se muera!... Otro muy singular al que amaremos de todo corazón... ya que nada tenemos que decir, sino elogios, del camarada eunuco... que recibe a los caballos lanzándoles canicas... como nosotros, por encima de las canciones de la fiesta...

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