Avisar de contenido inadecuado

Sir Henry Stanley: La Malaria, esa fiebre africana

{
}

Sir Henry Stanley en su obra 'Buscando al Doctor Livingstone' dice sobre la malaria más o menos lo siguiente:

La malaria no es solo una enfermedad. Tiene además sus monstruos. Monstruos que se van acercando amenazadores. Se siente venir su horrible y abrasador aliento sin poder hacer nada por detenerlo. Sé de lo que hablo.

El 29 de septiembre de 1871, después de una caminata de cerca de cinco horas, llegamos a Kikourou; habíamos andado, como el día anterior, por una tierra agrietada, en la que había muchos árboles de poca altura sobre los que se veían hormigueros construidos con barro amarillento.

Bueno, pues allí, en aquellos parajes boscosos reinaba soberana la fiebre; allí donde la naturaleza no ha puesto empeño alguno para que fluya rumorosa el agua; y allí durante la estación seca, aparentemente, todo estaba sano y limpio; la yerba roja y las huellas de los animales sobre el barro húmedo que el sol luego casi ha petrificado le dan al paisaje aspecto lúgubre, aunque en modo alguno inquietante; sin embargo, ¡ah, sin embargo!, emana de aquel suelo rechiseco, de aquella vegetación medio muerta, un veneno tenue, suave, que nos va invadiendo poco a poco; veneno tan peligroso como el que se respira, según cuentan, a la sombra del árbol upas.

Las primeras consecuencias de este veneno, denominado malaria, se producen dentro de nuestro cuerpo, en las mismas entrañas, y allí quedan por de pronto encerradas.

Luego al envenenado le invade una indolencia angustiosa, una somnolencia arrolladora, una inclinación permanente al bostezo; la lengua toma un colorido negruzco amarillento; la dentadura se torna amarilla igualmente y se cubre con una capa de una sustancia repugnante; los ojos irradian una luz singular y se tornan acuosos.

Cuando estos síntomas asoman empieza la fiebre de inmediato, no tardando en desencadenarse arrolladora por todo el ser, consumiento el cuerpo del desgraciado paciente.

En ocasiones, antes de la fiebre sobreviene un fuerte estremecimiento, unas sacudidas tremendas; mientras permenece el temblor es inútil poner mantas y mantas encima del enfermo, pues no se logrará para nada amenguar el frío mortal que lo invade sobrecogiéndole; sigue, sin solución de continuidad, un dolor de cabeza agudísimo y un dolor en los riñones de la misma intensidad o parecida; dolor que se corre a la columna vertebral, se pasa a los hombros, se adueña del cuello, instalándose definitivamente en frente y occipucio.

Aunque no, no es lo más habitual esas sacudidas: la fiebre, eso si, sigue a la somnolencia; la cabeza le arde; las sienes le palpitan aceleradamente; el enfermo se imagina desgarrado por hierros candentes; corre fuego por sus venas y la sed lo devora; en su delirio cree ver en la atmósfera que le abrasa monstruos horribles; o reptiles nunca vistos, que se van agrandando y se multiplican por doquier en amenazante confusión; reptiles en continua y vertiginosa transformación que se le aparecen cada vez más turbadores, siniestros, pavorosos; cada empeño que realiza el cuasi interfecto para apartar de si semejante escena incrementa aun más su sufrimiento.

Muchas, muchas horas son las que he pasado quejándome, moviéndome bajo el peso de esa locura infernal; las angustias que origina esta malaria, esta fiebre africana, son difíciles de describir; la agonía que se siente es espantosa, y no hay remedio para pararla; hasta el mismísimo Job se habría -digo yo, es un decir- enfadado, si padeciera esta enfermedad.

En fin: todo aquel que cae preso en las garras de esta fiebre se considera sometido al poder de todos los males conocidos del mundo; de modo que cuando comienza a sanar se siente que entra glorioso en un estado de purificación; recobra a pasos agigantados su caracter de ser sociable, animoso; el humor se va apoderando de todo su ser y olvida, con gran velocidad, sus pasados sufrimientos; lo que poco antes se le aparecía como un mal augurio, ahora le hace reir a limpia carcajada; mira en derredor a las personas que tiene a su lado con simpatia y todo lo halla cordial y hermoso en la naturaleza salvaje.

Quiero que se comprenda bien todo lo que he dicho: porque sé de lo que hablo, al haberlo padecido en mi mismo cuerpo: y sé todas y cada una de las fases de esa crisis. Los monstruos se me acercaron, me atormentaron, me martirizaron, pero conseguí derrotarlos uno a uno.

Así es como mas o menos narra Sir Henry Stanley la malaria. Si no es exactamente de este modo, le pedimos perdón. Y si no quiere perdonarnos, cosa que comprendemos porque el perdón no era su modo habitual de actuar, veremos blandir su iracundo látigo desde el infierno racista donde se ubica muy a menudo o desde la excelsa gloria de los exploradores donde a ratos se halla.

{
}
{
}

Deja tu comentario Sir Henry Stanley: La Malaria, esa fiebre africana

Identifícate en OboLog, o crea tu blog gratis si aún no estás registrado.

Avatar Tu nombre