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Tchicaya U'tamsi: Señal de mala sangre

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(La versión que, del poema 'Señal de mala sangre', hace José Mª Amigo Zamorano no se parece casi en nada. Quede advertido el lector de esta libertad. Y que Tchicaya U'tamsi lo perdone)

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Aquí estoy, soy el color de Bronce, la aleación de fuerte sangre que, cuando sopla iracundo el viento de la mareas impetuosas, salpica violentamente sin ningún miramiento.

Y siendo, como soy, el destino de las divinidades ancestrales, encauzado a traves de lo mío, ¿hay alguna razón por pequeña que sea para bailar siempre la canción al revés?

Yo era, y es natural por su belleza, antaño, como todos los niños, amante de retozar con las libélulas; era mi pasado y mi madre me adornó con una flor de verbena en la oscura niña de mi ojo.

Sentí una vez con rabia que mi sangre aliada manaba cadencias enronquecidas allí donde, en contraste contradictorio, bostezaban sapos bonachones piadosos como amigos.

¡Purísimo el destino de un batracio!

Un país, el mío, todo de laterita, era entonces, y aun hoy, una pesadilla que estremece la sangre por doquier al ver, como vemos vivamente, el cráneo rajado con el hacha de las fiebres.

Acuso a la luz por haberme traicionado.

Acuso a la noche por haberme perdido.

Inultilmente, paseo, como un galardón en el ojal, una muerte por mi destino y la risa enternecedora de las madres y mi corazón, atascado en el charco de mis dudas, y ese río, tan manso y liso y de agua muerta, donde no brotará el fino albohol. Le llevo a los mundos, conmigo, simplemente, dos manos y sus diez dedos para una aritmética elemental donde cosas sencillas, vulgares, corrientes, cosas de poco precio en las alcabalas de los ambiciosos, se cifran: nacer, morir y el corolario que es de coralino colorido.

En la memoria de hombre, a veces, el orgullo fue un vicio. Si, muchas veces. Sin embargo yo hago un dios para vivir y estar a la misma altura que los hombres de honestas fortunas.

Luego, por si acaso, me miro en el espejo: soy hombre, soy negro, igual que otros son blancos, amarillos o cobrizos. Soy así. ¿Porqué, eso, tiene que tomar el sentido de una decepción?

Y por más que sea el Bronce, como lo soy, recuerdo: el Judío es regicida de nacimiento. Cristo es inocente y tienen que morir los inocentes, empero yo no me atrevo a mi suicidio.

Y me pregunto: ¿Entonces qué es el Gólgota? Porque yo no escogí ser un bastardo en modo alguno. Eso lo sé. Eso es seguro. Pero me vino la crueldad como un sabor ácido a mis labios.

La lógica quiere: hay que construir el mundo...

Entonces se tuvieron que grabar en las piedras otros símbolos de poder surgido de las armas y contemplar, a todo precio, en el universo, unas miradas que se fundían en torrentes de lágrimas.

Hubiera pagado mi tributo. ¡Esplendor!

Busco mis raíces y no encuentro ese halo de tradición poética cuajado de hibiscos, ópalos, rododendros perfumados, amatistas cardenalicias. Tampoco ríos abundantes, ni mares acogedores, ni lagos misteriosos. Un árbol, sí, plateado o malva o... acaso los más queridos como chopos, álamos o negrillos en el lugar del redondo sol. Un árbol, si, un árbol por la noche, con miles de luciérnagas o ruiseñores, haciendo de él una mina de diamantes brutos como el nacimiento. Y como en el nacimiento abro los brazos para buscarme una madre ¡Miseria! ¡Piedad! ¡Esplendor! ya que la mía murió cuando las flores abrían sus pétalos para buscar, en un sol otoñal, pezones arcoirisados para mamar en ellos la leche multicolor que necesitan sus vestimentas. ¡Pero yo voy cojeando con infernal cadencia! Y como no extraiga los utensilios, las herramientas, del arroyuelo que se afrece dadivoso... rio, mar, lago, no, no van a venir orfebres a labrar esos diamantes. Cerraré los brazos para, así, en actitud de rebeldía, reencontrar un corazón de piedra. ¡Muérete!

Antes escucha, oye bien, es el canto del gallo que anuncia, como un soldado de vanguardia, que la tierra es luz. Vamos a morir sin remedio ya que el círculo de la vida va a anudar, sin remedio, sobre nosotros, su enigma permanente, indescifrable, frío e inmisericorde. Los animales ¿los veis? son solo fantasmas y nosotros, aquí, desde alguna esfera ignota, somos su conciencia ¡silencio! la luna... morí de villanía, por no saber vivir enfrentándome a los mármoles sagrados, por el miedo al dolor de una muerte muerte sangrienta -¡Espléndida!, era espléndida la muerte por la vida, por un claro de luna, del blanco algodón en mis narices negras.

Los chacales callaron sus aullidos para escucharme cantar: Oh tierra hechizada te conjuro. Tres veces. Soy yo. El Bronce. Denomino locura lo que desencadena al hombre.

Las babosas, abrillantando lentamente su sendero, no hablan de la audacia donde encontrar un símbolo fuerte, porque no entra en su ideal: los piojos se aferran como lapas a mi cuerpo.

Danza él sin permiso, danza en mi corazón como un terror. Bostezo con aburrimiento a la Cristiandad Viva, yo, ni caliente, ni frío, ni castrado, vivo engordando entre lujos.

Marchan, lentamente, huérfanos desnudos de vergüenza, como si, con el sentido que tenemos del mundo, les estuviera permitido a esos privilegiados estar sin padre ¡Qué comedia!

Tienen uñas que se limpian cada mañana, cuando estalla la aurora. Y observando en el desierto de espejos, la poca profundidad que tienen sus espíritus, se desgarran el corazón.

No, nosotros, no obstante lo dicho, volvemos a la Materia: El fuego siempre arde, el agua tiene el don de humedecer, la luz es cosa curiosa, pero es así, no se arrastra jamás ante la sombra.

El vino bebido me devolvía y envolvía en esta otra certeza: hay que sufrir para ser hombre como es debido, no una marioneta sujeta a hilos que, un todopoderoso mueve sin cesar; y tener, fuera de ensueños, castillos en España -(España es un falso país)- Un hombre como es debido, según me volvía y enredada el vino, es decir: es un hombre demente: un hombre en el bajo sentido de la palabra hombre -una 'hache' aspirada, dos 'te amo', un nudo, E muda abstracta, la consecuencia, una aritmética elemental...

Los cuervos, como las urracas, veneran los espantapájaros Son, dicen, ídolos humanos: ¡estamos por la legalidad, el respeto de las culturas, de las precedencias! Y despliegan las alas; y cantan Te deum en latín vulgar urracas cuervos.

Pero, por más que sea el Bronce, me recuerda que está permitido ser regicida y, sin embargo, está muy mal visto eso llevar una corona de espinas, aúnque para absolver un pueblo inocente.

Mis pies, si, los míos, en mi sabana inscribirán caminos, aunque solo fuera para ver amanecer, para contemplar como, la dulce Aurora, explota en mi garganta. Luego cojo los pinceles con ambucia, ansia, casi con angustia y pinto la noche con el fin de hacerla desaparecer; es decir: para que el día sea eternidad y la noche solo sea mas que un recuerdo de la antiguedad pasada. Creé la Fraternidad Universal a pesar de saber, como sabía, que no existe tal diosa de la hermosura ya que, Cristo, ese judío vendido por unas escasas treinta monedas, pagó por todas las almas condenadas. ¡Qué barbaridad! Había guijarros negros e hirientes en el sendero que llevaba al Gólgota. Así pues: proclamo la fuerza y la cifra humana. No grito el odio, no, cosa lógica sería lo contrario, iré, por todas partes, a buscar donde están diseminados todos mis fetiches con clavos, para arrancarles los tres clavos de la cruz. Cristo se servía de una cruz de madera, para usurpar, contra el tiempo, el destino de un pueblo más concreto que todos los cuchillos sacados del crimen.

Ya están, son bien, los tractores que se insultan en mi sabana.

¡No es mi sangre en mis venas!

¡Qué mala sangre!

 (como ya se ha dicho más que una versión del poema del poeta Tchicaya U'tamsi es otro poema)

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