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Vengándose tan solo de la nieve

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Vengándose tan solo de la nieve

Nosotros, decís, buscaremos la venganza de la nieve en un día de invierno, luminoso, cuando el sol escacha los cristales de las ventanas de las casas. Allí, acurrucados, abandonaremos a la congelada pátina blanquecina que se ha atrevido a escondernos los objetos familiares, a secuestrarnos las referencias multicolores en las que nos apoyábamos para el juego de los recuerdos, sin los cuales toda palabra está vacía de contenido, siendo, acaso, sonido hueco o más todavía: música helada. Y nos vengaremos, llevando, hasta el extremo, el juego del vacío que consiste en mover los labios, como si se articulase algún vocablo, para ser, inmediatamente, contestados por el otro, con idéntico movimiento que no es mas que diálogos de sordos.

¡Ah!, no contéis conmigo, contestó, para esa labor, infame, de matar el tiempo que, en realidad, es caer en brazos de esa nada blancuzca, a la que, sin embargo, habéis declarado como vuestra enemiga. La verdad sea dicha: os sentís atormentados ante la perspectiva, cierta, de tener que volver la vista, retorcer los ojos, hacia vuestras entrañas y, que duda cabe, os sentís, sorprendidos, cabalgando o caminando, o simplemente andando, por una uniforme superficie sin matices, blanca como la nieve, tan pura e inmaculada que, solo, la descarnada mudez tiene su asiento.

Sé que no puedo detener la marcha aciaga de perder la vida en aras de un ideal que es cántaro vacío, porque a todas luces solo hay una luz: la blanca; que no tiene contenido, ni dirección precisa.

Ya sé, prosiguió, que es fruto del instante, del parpadeo fugaz que os sale de la víscera, esa víscera llamada aburrimiento miserable que, algunas veces, rima con criminal, aunque la palabra no pegue, ya me entendéis; porque no sale, de esa entraña insensible, que sí que rima con miserable, nada; no se conmueven ni aún contemplando, como contemplan, todos los días, esas pateras atestadas de ilusiones que se ahogan en las aguas del océano; ni con esas, os movería la fibra de la emoción a iniciar un paso, solo un paso, en la escalada hacia la cumbre de los parásitos sagrados; y menos pensaría que lo hicierais con la alevosa, malévola, intención de parar esa sangría; sangría que ennoblece de rabia el horizonte iracundo; eso, oídme bien, está reservado para otros que buscan venganza, no de la nieve sino de la infamia, en algunos homínidos; quienes, quizás, tal vez, acaso, estén acurrucados en un día de esos en los que, el sol, escacha los cristales de las ventanas de las casas

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